Hay actitudes, conductas, acciones que pueden tener buenos propósitos, pero son altamente sospechosas, se ven feas, pues. Una de esas acciones es quemar documentos. Hasta a la madre Teresa de Calcuta le habría quedado mal pegarle candela a unos manuscritos en el traspatio de su convento. Ni hablar si quien incinera el legajo lo hace a toda prisa, justo antes de que llegue la policía y contraviniendo una orden judicial. Si estuviésemos en una serie de televisión, al individuo pillado en ese trance le recomendarían guardar silencio y pedir un abogado.
Que al viudo alegre o al mayordomo enigmático lo encuentren quemando un fajo de carpetas es una escena clásica de la novela negra, desde Dashiell Hammett y Raymond Chandler hasta Stieg Larsson y Ricardo Piglia, pasando por la inigualable Patricia Highsmith. Ser hallado con las manos en la parrilla es -policialmente hablando- casi lo mismo que ser sorprendido borrando huellas de un picaporte o lavando una alfombra manchada de sangre. Súbase a la unidad, ciudadano.
La sospecha que rodea a las chamusquinas trasciende lo detectivesco y tiene fuertes anclajes en la cotidianidad. Si no, que lo diga Oscar D'León con aquel tema Huele a quemao y su muy coloquial coro: ¡Fo, fo, fo!.
La piromanía es pésima para la imagen de quienes hacen vida pública porque casi todas las quemas de libros y documentos han sido motivadas por el fanatismo o la corrupción. Los chinos comenzaron a aplicar la práctica de quemar los escritos "inconvenientes" milenios antes de que a los occidentales se les ocurriera la misma genial idea, aunque luego estos se desquitaron de lo lindo, pues en tiempos inquisitoriales ardían los libros y también sus autores.
La historia y el arte están colmados de personajes que resolvían sus diferencias en la pira. Santo Domingo aparece en un famoso cuadro y Girolamo Savonarola organizaba las "hogueras de vanidades". En América, el sacerdote Diego de Landa puso a la brasa los códices del pueblo maya porque contenían "puras supersticiones".
Más reciente y cercanamente, la dictadura militar de Augusto Pinochet quemó libros hasta el cansancio para salvar al país del comunismo (¿dónde habremos oído eso por estos lares?).
Las llamas también han sido aliadas de los ladrones del tesoro público de todas las repúblicas. En otra escena clásica, es fácil imaginar a un corrupto ordenándole a su secuaz: "Ya sabes, que no quede ni un solo papel, pero que parezca un accidente".
Bueno, en fin, quiero decir que la oposición ahumó su buena jornada del domingo al desatar esa furia incendiaria, en desacato nada menos que a una decisión del Tribunal Supremo de Justicia. Lástima, porque donde hubo fuego, sospechas quedan.
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